Chalo tenía 27 o 28 años, llevaba un jersey azul con una raya amarilla prestado por los scouts y unos vaqueros, cuando llegó a Roma como delegado español de la Renovación Carismática a un congreso de 75 países.
Dos meses después sería ordenado diácono. Pero antes de eso, a él y a otros jóvenes de varios países los seleccionaron para ayudar en la misa del papa: llevar la cruz, el micrófono, hacer de monaguillos. «Monaguillos cualificados», como él mismo dice. La tensión empezó antes de entrar a la sacristía, cuando un monseñor los miró con cara de pocos amigos porque ninguno llevaba clerygman ni sotana. Pero en cuanto entró Juan Pablo II, la tensión desapareció. «Entró saludándonos a cada uno en nuestra lengua», recuerda Chalo. «Al peruano en español, al coreano en lo suyo, a mí en español. Un saludo de padre, de fraterno.» De la misa no se acuerda. De aquel rato en la sacristía, sí.
Treinta y nueve años de sacerdocio después, Chalo habla de la visita de León XIV a Madrid con el entusiasmo de quien sabe bien lo que genera la presencia física de una figura como el papa. No solo espiritualmente sino socialmente, urbanísticamente, humanamente. «Dios utiliza la excusa de mandar al “primer ministro” para juntar a todo el pueblo de Dios», dice. Y lo que le parece más valioso de ese juntarse no es la uniformidad sino precisamente lo contrario: que se reúne gente de grupos distintos, estilos distintos, maneras distintas de vivir la fe, y algo los convoca a todos. «Somos distintos, pero nos convoca el primer ministro nuestro».
Diez de sus 39 años de sacerdocio los pasó en África, en misión. Llegó justo cuando Juan Pablo II visitaba Yamoussoukro para la consagración de la Basílica. No pudo ir al encuentro porque acababa de llegar y le tocó quedarse en la misión, pero vio desde cerca cómo la gente lo vivía. Los tejidos de colores con la imagen del papa, el lío festivo al estilo africano, los no católicos que también se acercaban a celebrar porque, en su lenguaje, «el jefe de mi barrio va a venir». Y recuerda también haber visto, en un poblado con techo de cañas, aparecer al obispo y a la gente recibirle como si fuera el mismísimo Cristo. «Una conciencia de presencia de Dios grande», dice. «Se disfruta mucho.» La experiencia africana le dio perspectiva sobre algo que en Europa a veces se da por sentado: la capacidad del papado para unificar, convocar y significar algo más allá de la persona concreta que ocupa el cargo.
Chalo reflexiona también sobre lo que la visita del papa puede suponer para quienes no creen y tira de una anécdota concreta: la de un joven en crisis de fe que le dijo que, si no fuera porque conocía a él, a su tía y a su abuela, metidos en la vida cristiana de una manera seria y coherente, diría que todo aquello era una locura. «Hay mucha gente que, sin ser practicante, está con el sentido común de decir: algo pasa», dice Chalo. «Algo pasa que haya mogollón de jóvenes, de sacerdotes, de gente mayor, pendientes de esto» .
También habla de los políticos, ante quienes el papa podría comparecer durante su visita a Madrid en un hecho que sería histórico. Chalo no espera que el papa les eche una bronca ni que entre en el debate español. Pero sí confía en que su presencia les recuerde algo que la palabra «ministro» que ellos mismos usan lleva incorporado desde el origen: que son servidores, no propietarios del poder. «Que ese ministerio suyo sea un servicio, que no sea algo para ellos», dice. Y cita a San Pablo, que pedía rezar por los que gobiernan.
La típica pregunta del ascensor le produce a Chalo una respuesta que lo dice todo sobre cómo entiende el sacerdocio. No le pediría nada al papa ni le diría nada importante. Lo que haría sería abrazarle. «En la parroquia hay gente que te viene a recibir el abrazo del cura», explica. «¿A quién están abrazando? No a Chalo. Están abrazando a lo que puede representar Chalo como ministro». El abrazo al papa, para él, tiene esa misma lógica: no es un gesto sentimental sino teológico. Un abrazo que atraviesa la persona y toca lo que representa. «Eso mola más que un escapulario», concluye.
El episodio cierra con una oración en la que Chalo pide al Señor que llene al papa de sabiduría y corazón de servidor: «Te pedimos, Señor, que envíes tu espíritu, la fuerza de tu bondad y de tu gracia sobre esta visita del papa y sobre él especialmente. Bendícelo con fuerza, Señor. Llénale de sabiduría, de palabras adecuadas y de un corazón de servidor. Y bendice nuestros oídos, bendice nuestro corazón para que acojamos todo mensaje que venga de ti por medio de él. Bendícenos, Padre Santo. Amén».
