Cartas

Martes, 14 abril 2026 16:08

Carta del cardenal Cobo a las cofradías y hermandades de la diócesis tras la semana Santa

Madrid, a 10 de abril de 2026

Queridos hermanos y hermanas cofrades:

Aún resuena en nosotros el eco de los pasos, el recogimiento de las noches, la emoción contenida y la oración hecha gesto, en esta reciente Semana Santa vivida con tanta hondura, y —por qué no decirlo— con la asistencia de tantísimas personas. Hemos acompañado al Señor en su pasión, muerte y resurrección, con verdad, con entrega y con ese lenguaje propio de la piedad popular, que tanto bien hace al corazón de nuestra gente.

Pero la Semana Santa no termina cuando se guarda el paso, sino cuando comienza a dar fruto en la vida del cofrade. Lo vivido no puede quedarse en lo exterior ni en un momento puntual. Si ha sido auténtico, tiene que notarse después: en la forma de mirar, de vivir, de creer… en cómo nos abrimos al tiempo de Pascua y al caminar de la Iglesia.

Quien ha acompañado a Cristo en su pasión está llamado ahora a encontrarse con Él en su pascua, o a aprender de su Madre a vivir desde la fe, acogiendo la resurrección incluso cuando todo parece distinto. No basta con haber estado; es necesario permanecer. No basta con conmoverse; es necesario dejarse transformar por dentro.

Por eso os invito, con toda el alma, a vivir la Pascua como fruto de la Semana Santa. No se trata de esperar al año próximo para volver a emocionarnos, sino de dejarnos alcanzar ahora por Cristo resucitado. Él nos ha traído hasta aquí como oportunidad para conocerle más y para abrirle hasta el último rincón de nuestra vida. La fe que hemos expresado en la calle está llamada a hacerse vida en lo cotidiano, para que cada día seamos mejores discípulos.

Acompañar al Señor no puede ser solo cosa de unos días. Quien de verdad camina con Él, cargando con la cruz, está llamado también a compartir su alegría. Y ese acompañamiento se concreta ahora en la fidelidad a la Eucaristía dominical, en el cuidado de la oración cotidiana, en hacer de la Hermandad una verdadera fraternidad, y de la caridad un estilo de vida. En definitiva, se concreta en un compromiso que no depende de los momentos intensos, sino de una decisión profunda.

La fe auténtica siempre se traduce en gestos concretos, especialmente hacia los más pobres y hacia quienes tenemos cerca. No hay Pascua sin caridad. No hay resurrección vivida sin abrir los ojos y el corazón. Ahí también nos espera el Señor. Ese será el verdadero termómetro de nuestra Semana Santa: no si “todo ha salido bien”, sino si los más sencillos se alegran y quienes nos conocen descubren en nosotros algo distinto.

En este camino, la Hermandad tiene un papel esencial. Las cofradías están llamadas a ser escuelas de vida cristiana y espacios de fraternidad real. No son tan solo lugares de organización, sino comunidades donde sea posible vivir lo que se proclama en la calle.

Ahora, durante el tiempo pascual, comienza el trabajo callado y evangélico de seguir haciendo de la Hermandad no una asociación de personas diversas, sino una comunidad cristiana que crece y se deja guiar por el Evangelio y no por otros criterios.

Vivir la Pascua es dejar que nuestras cofradías sean lugares de acogida, de escucha y de crecimiento interior —para mayores y jóvenes—, donde cada hermano encuentre apoyo para vivir su fe con mayor profundidad. Seguro que el Señor nos irá sugiriendo caminos concretos para crecer en estos aspectos.

Y junto a ello, no podemos olvidar la formación. Un cofrade necesita conocer mejor su fe para vivirla mejor. Formarse no es añadir, sino profundizar en lo esencial, aprender a mirar la vida con los ojos de Cristo. Sin esa raíz, corremos el riesgo de quedarnos en lo superficial. Con ella, crecemos en una fe sólida. María, la primera discípula, nos lo enseña: guardaba todo en su corazón. También nosotros necesitamos espacios donde custodiar y comprender lo vivido desde la mirada de la Iglesia.

En breve, diocesanamente os ofreceremos modos de formación en la piedad popular para todos los cofrades y para quienes tenéis responsabilidades en las hermandades. A partir del próximo curso desplegaremos espacios formativos que nos ayuden a seguir profundizando en la vida desde la vocación que hemos recibido como cofrades en nuestra Iglesia diocesana.

Pero para que este camino sea verdadero, también necesitamos discernimiento. La Iglesia en España nos ha recordado, en el documento Cor ad cor loquitur, la importancia de cuidar la verdad profunda de nuestras expresiones de piedad popular.

A la luz de esta llamada, aparecen dos riesgos que hemos de vigilar:

Por un lado, el de reducir la Semana Santa a lo externo: a los pasos, las procesiones, la organización… hasta convertirla en tradición cultural o evento social. Todo eso es importante, pero debe estar siempre bajo la mirada de la fe. De lo contrario, corremos el riesgo de vaciar de contenido aquello que nace del Evangelio y de debilitar la vida misma de la Hermandad.

Por otro lado, existe el riesgo de vivir una religiosidad superficial: que emociona pero no transforma, que impresiona pero no convierte, que se queda en lo externo y no arraiga en la vida de la Iglesia. El Evangelio, junto con la sabiduría de la Iglesia, deben ayudarnos a poner el epicentro en lo fundamental.

Se nos invita, por tanto, a cuidar lo esencial: que todo brote de una fe viva, celebrada en la liturgia, alimentada por la Palabra y sostenida en la comunión. Que nuestras procesiones expresen lo que vivimos dentro, y no lo sustituyan.

La Pascua que celebramos es una oportunidad para dar un paso más. Un paso concreto, personal, que nazca de preguntas sencillas pero decisivas. Como ayuda os invito a hacerlas en la oración, cada uno personalmente, pero también a compartirlas en algún momento en los grupos de la Hermandad o en la parroquia. Compartirlas nos hará bien:

  • ¿En qué se nota que he acompañado al Señor esta Semana Santa?
  • ¿He participado en las celebraciones centrales de la Semana Santa (eucaristías, oficios del Triduo Pascual…)?
  • ¿Dónde está dando fruto lo vivido?
  • ¿Cómo estoy creciendo en fe, esperanza y caridad?
  • ¿Qué me pide el Señor en esta Pascua?
  • ¿Cómo puedo ayudar a hacer crecer la Hermandad, para vivir con más verdad mi fe en la Iglesia?

Hemos vivido algo auténtico y hermoso. Y el Espíritu Santo sabrá traducirlo en fidelidad, si nos dejamos. Poco a poco, nuestra vida se irá configurando con Cristo. Y cuando vuelva la Semana Santa no será repetición, sino expresión más honda y verdadera.

En este camino pascual se nos abre también una oportunidad concreta como Iglesia diocesana: la próxima visita del Papa León XIV a Madrid. Un momento de gracia que no podemos vivir como espectadores.

Estamos llamados a implicarnos: ofreciendo tiempo como voluntarios, participando en los encuentros, colaborando con generosidad según vuestras posibilidades: con vuestro tiempo, con vuestros recursos o con vuestra oración.

Es una ocasión preciosa para que nuestras hermandades muestren su rostro más verdadero: el del servicio, la disponibilidad y la comunión. También aquí se mide la autenticidad de lo vivido.

Que sepamos acoger este momento como una llamada a salir de nosotros mismos, a caminar juntos y a poner lo mejor de cada uno al servicio del Evangelio.

Que María, mujer de fe firme y silenciosa, nos enseñe a vivir esta Pascua con hondura, a permanecer junto a su Hijo y a hacer de nuestra vida un testimonio alegre de la resurrección.

Con el mayor deseo de un fructífero tiempo pascual os envío mi saludo y bendición.

+ José Cobo Cano

Cardenal arzobispo de Madrid

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